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jueves, 23 de junio de 2011

Sin 'quizás'


He pasado la noche con él. He escrito versos de amor a aquel. He escuchado caer la lluvia, a ritmo de Grace, mientras me abrían con la lengua los muslos. Pero, querido, eso es sólo literatura y sexo.
Con ellos busco lo que no me das y a ti te anhelo aunque me des nada. Con ellos soy una, contigo soy todas. Todas. ¿Qué me falta para que me lo quites?
Sí, he quedado contigo. Sí me has dado un abrazo, me has retenido entre tus brazos mientras me olías el pelo, he sentido como te convertías en tres al calor de mi lumbre. Sí, le he llamado al despedirte. He corrido ansiosa por encontrar prosa, por pasar la noche con alguien que me quiera un poco menos pero que me quiera desnuda. Sí. Sólo me diste un abrazo. Sí, te quiero tanto que no puedo evitar besar otros labios cada vez que tú me haces daño.



domingo, 11 de abril de 2010

La cata (parte I)

Algunos tienen ese inconfundible bouquet de los que crecen al pie de la codillera. Como el Malbec, Carmenère, Torrontés… Sabores con su propia idiosincrasia que merece la pena descubrir, probar. Otros alcanzan su plenitud con el tiempo, cuando eligen su destino. Otros apuntan maneras en algunas notas aún por desarrollar que con mimo darán grandes caldos capaces de sorprender al paladar más exigente. Otros, por extraños o exóticos, conquistan la memoria de aquéllos que no admitirán haberse rendido a uvas como la Bobal o la Petit Verdot. Dicen que el sexo es como el buen vino, que mejora con los años. Dicen… eso dicen.

Con unas cuantas copas de vinos más que correctos, algunos tragos de tintas sobresalientes y muy pocos caldos de malas cosechas —una afortunada, sin duda—, aún sabía que tenía la posibilidad de degustar un mundo de sensaciones. Le quedaban años, le sobraba inquietud y, aún más, ganas por experimentar. Una coleccionista de sensaciones en toda regla con olfato, con alma de aventurera, con la piel sensible al tacto, la pasión en compraventa y la ilusión en un eterno y continuo libre albedrío. Amante más de los “vinos” excéntricos por excitantes pero también catadora de tempranillo porque la cotidianeidad se había convertido para ella en algo tan extraño como la propia rareza. Por eso, cuando le llegó aquella invitación la propuesta le pareció tan excitante como natural.

El sobre llegó a su buzón. Un sobre de papel, con lacre y sello, con caligrafía manuscrita, con borrón de tinta, sin remite... Un alarde, en pleno siglo XXI, del más puro romanticismo épico. Desplegó el folio que había en su interior con cuidado pero sin sutilezas, como quien abre una carta rutinaria porque no conoce el importe de la factura pero sabe que hay que enfrentarse a ella cuanto antes. Empezó a leer. No pudo evitar sonreír. Sonreía de medio lado y el carmín rojo de sus labios dibujaba en su cara un gráfico tick —respuesta acertada a pregunta rebuscada— entre pícaro y curioso. Su boca, un trago pequeño que saborear con los ojos cerrados. Concluyó de leer. Lo había decidido. Sin prejuicios, con la necesidad de vivir la gran aventura de su vida, con la pasión con la que se degustan los vinos. Como la kamikace emocional que era iría de “cata gourmet” a Francia.

A 100 kilómetros al noroeste de París se alzaba imponente aquella abadía Benedictina reconocible por sus arcos del siglo XIII y algunos pilares del XII. Con la ventanilla de su coche bajada del todo, escuchando Fill me with your light, llegó a la puerta. Empezaba a estar nerviosa [sonido del zigzaguero de sus medias]. Fueron a recibirla, cogieron su equipaje de su mano taquicárdica y la llevaron a un ala del claustro de la abadía huemeante de sombras. Cerca, muy cerca, se abría un pequeño jardín con un misterioso laberinto donde aseguraba la gente del pueblo que, antiguamente, jugaban los hijos de algún Luis o algún Alfonso con apellido en número romano. Algunos invitados ya se encontraban allí. No había ninguna conversación tintineante en el ambiente, sólo miradas que evitaban ser reveladoras ni impertinentes pero eran reveladoras e impertinentes. No pudo evitar pensar en si llevaba la ropa interior apropiada, en si se había perfumado, en si era la única mujer invitada, en si, llegado el momento, sería capaz... Mientras cosechaba mil pensamientos y su piel se humedecía por la ansiedad se acercaron a ofrecerle un vino. Uno con aromas especiados y suaves notas de tabaco y chocolate. Un vino elegante y prolongado, con estructura balanceante y taninos maduros. “Ideal para acompañar con la carne”, pensó. Y un nuevo tick se dibujó no sólo en su cara.

jueves, 8 de abril de 2010

lunes, 22 de febrero de 2010

Lunes de domingo


¿En qué puto momento se me ocurrió enamorarme? En serio… ¿cuándo y por qué? No es sólo que ayer se me pasara por alto que era domingo y hoy lunes lo haya advertido. No es sólo que llueva, que tenga la ropa tendida y que tenga que volver a lavarla. No tiene nada que ver con que hoy no me llame. No tiene nada que ver con nada. Pero por qué se me ocurrió y, lo que es peor, por qué sigo. Hace un mes que sé que iba a estar justo en este mismo punto… Me sorprendí a mí misma llorando porque le echaba de menos y lloré aún más fuerte por la evidencia absoluta de que sentía más de lo que creía. No, en serio, quién coño me mandó a mí enamorarme. Y me engaño a mí misma cuidando el plantel de conquistas pensando que con ello sigo siendo la misma, sigo teniendo la misma vida pero… es lunes y estoy doblando calcetines.
Me gustaría decir que son medias de encaje, lencería fina, camisas vaporosas… pero no, son unos absurdos y prosaicos calcetines. Muy coloristas pero, al fin y al cabo, tienen los talones gastados. Me he sentado con la idea de añadir algo cool y bohemio a mis pintas de “ama de casa” pero estoy leyéndome y esto parece un monólogo de los malos del club de la comedia. Será que cuando estás enamorado pierdes la gracia, no sólo el erotismo.
Definitivamente es lunes y me sabe a domingo.
Me siento de domingo, sí.
Creo que iré a masturbarme.
Porque como dijo Unamuno, “el sexo es el opio del pueblo. Opio, sí. Démosle opio (al pueblo), y que duerma y que sueñe”.

viernes, 8 de enero de 2010

Lunas sin luna

Olvida todo lo que voy a decirte.
Quédate con el murmullo de mi voz y con la sensación plácida de haberme cuidado.
No podía dormir. No podía. Mi cabeza no paraba de hacer señales de humo a mi cuerpo para que permaneciera despierto. Pero debía dormir.
Mientras, el sonido del Tic Tac me desafiaba a una distancia prudente para que, de forma sutil, fuera consciente de él… Y pasaban los segundos, los minutos, y seguía despierta. Empecé a imaginar cómo lamías los labios de mi boca como si fuera un pedazo de turrón. Me turbó el recuerdo del calor de tu lengua en algún lugar de mi cuerpo.
Me humedecí… pero olvídalo.
Empecé a mojar mis dedos en mi sexo por llevarlos a mi boca y saborearme, por ser consciente de cuántas ganas tenía de ti. La señal era inequívoca: muchas.

Empecé a tocarme y no sé por qué empecé a imaginarme a todos los hombres con los que había tenido sexo en el último año.
Me imaginé de espaldas, contra la pared y con las manos apoyadas en ésta, con la falda medio subida, con las bragas puestas y con ellos detrás mía, contemplándome. Uno por uno empezó a poseerme, pero olvídalo: uno despacio, agarrándome de las caderas con delicadeza por miedo a hacerme daño. Otro me abría los gluteos con fuerza mientras embestía dentro de mí. Mi pecho temblaba con cada penetración y me mojaba, sí, me mojaba por dentro y por fuera. Pensaba en cómo me comía aquel, en la polla dura del otro mojándola con mi sexo de talco. Uno más, otro que me lamía la espalda mientras rápidamente me follaba, aquel que me tiraba del pelo para metérmela hasta rozar mi orgasmo… Y apareciste tú, el último.
Con suavidad abriste mis piernas. Con suavidad te metiste en mí. Con suavidad y vehemencia me penetrabas, me susurrabas, me perdías… Y fue pensando precisamente en ti, la única persona con la que no he follado, con la que tuve el orgasmo más sublime y verdadero.

Y fue así como me dormí.

Me dormiste.
Pero olvídalo.

martes, 1 de diciembre de 2009

La caja de Pandora


Último tramo de escalera. Último pasos. Los primeros.
La puerta entreabierta. Entro.
Con un gesto cierro la puerta –de Pandora- conmigo dentro.
Camino por el pasillo deseosa, excitada, sin miedo, y sigo dentro, aún más dentro. Conscientemente, dentro.
Me miro en aquel espejo, y me sorprende encontrarme.
Él está de espaldas, escribiendo o trabajando, o bebiendo, o no haciendo nada, pero de espaldas.
No sé qué piensa, ni qué espera, ni qué quiere…
No sé cómo ser, ni qué decir, ni qué sentir…
Sólo sé qué quiero. Qué necesito.
No espero nada.

Me levanto la falda y me bajo las bragas con poca sutileza, pero con falso descaro.
Me agacho a por ellas. Las cojo con una mano.
Sí, están mojadas.
¿Cómo se juega a ser sexy?
¿Cómo se juega a ser atractiva?

Le saludo verbalmente. No hace ademán de levantarse.
Apenas me mira. Le fuerzo, aún sentado, a darme dos besos.
Me siento
me habla de física, o de diseño, o de tendencias. Lo mismo no me está hablando.
Me esfuerzo por seguir su conversación.
Abro mi mano y dejo, ante sus ojos, las bragas sobre la mesa.

Las mira sin mover la cabeza, sin cambiar el gesto, sin interrumpir su discurso.

Pienso en la puerta.
Está cerrada.
Pienso en si una actitud sexy me daría una mayor ventaja.
En si puedo serlo, en si de verdad lo soy.
Pienso en por qué estoy allí, en por qué mi lencería estaba húmeda, en por qué entré…
Me relajo en mi silla. Opto por ser la que soy.

Escucho, intervengo, reflexiono.
Cojo de la mesa las braguitas y me las vuelvo a poner ante los ojos de mi interlocutor.
“Ven”, me dice.
Y mientras termino de subírmelas le sigo hasta… su cama.
“Desnúdate”, me reta.
“Déjate las bragas puestas”, me desconcierta.
Obedezco la orden sin cuestionarla, sin excitación, sin morbo.
Sin ritual me tumba en la cama y me abre las piernas.

Me lame, no me besa; me lame y chupa el clítoris sorteando mis bragas con su lengua mientras, con sus manos, separa cada vez más mis muslos.
No soy capaz de relajarme ante tal falta de artificio amatorio.
¿Realmente necesito amor? No. Necesito sexo.
Y ante tal aplastante respuesta me abandono y me empiezo ahogar entre mis propios gemidos. Mi piel renace ante mi sudor, ante la imagen de mí misma abierta de piernas sobre esa cama.
Con su dedo dentro de mi coño, comienza a escalar por mi cuerpo hasta alcanzar mis pezones. No se detiene en adornos, en sutilezas lascivas.
No abre la boca más que para comerme sin contemplaciones y advertirme: "no te voy a follar hasta que te hayas corrido tres veces".
Y quiero que me penetre, que me arranque con su miembro todo lo que se ha quedado ahogado en mí. Quiero que me haga gritar, llorar.
Me concentro en mí misma, en mi propio orgasmo. Trato de eludir qué soy, cómo soy y por qué estoy allí, abierta de piernas, mojada, decidida, cierta, consciente...
Y sin parar de mirarme, sin dobles intenciones, ni mensajes entre líneas...
Y sin su miembro pero sí con sus dedos, sus manos, sus labios, su piel...
Y sin minutos, su fuerza y su temperamento...
Dos.
Muero con dos.
Su boca llena de mí me besa, ahora sí, con absoluto respeto y cariño.
Respiro, sonrío.
¿Qué es ser sexy?
Me visto sin ceremonias. Visto a la mujer que me siento, por fin.
Me despido.
Salgo por la puerta, pero aún sigo dentro, dentro, entré.
Entré en la Caja de Pandora.
Bajo las escaleras mientras saco del bolso el móvil.
Un mensaje sin leer parpadea.
Doy a responder:
"Cariño, estaba en la peluquería poniéndome guapa.
Compro el pan pero puedes acostarte si estás cansado. Besos".
Enviar.
Sí, me quedo dentro de la Caja de Pandora.

martes, 5 de mayo de 2009

Mi sabor

A veces es sólo por tranquilizarme, por relajarme.
Muchas otras es por puro morbo.
Otras, por recordarme.

Me gusta el sabor de mi sexo. No sé cómo de extraño resultará que me guste que me coman el coño y me apasione que me besen después. Es como si yo misma me estuviera chupando, es disfrutar del sexo a otros niveles: olor, sabor, tacto…

Muchas veces me sorprendo escribiendo en el ordenador o leyendo mientras juego con mis labios, sus pliegues… Y me sorprendo en el mismo momento que llevo, inconscientemente, el dedo a mi boca y lo huelo… Hace ya muchos años, cuando estudiaba la oposición a fiscalía, me relajaba estudiar mientras me tocaba. Creo que por eso nunca estudié en la biblioteca… siempre he estudiado con la mano metida en las bragas.

Otras, en cambio, siento cómo me humedezco, sin razón aparente, en cualquier sitio. En ese mismo instante quiero recoger con mis dedos mi flujo y saborearlo… Voy al baño del despacho con solemnidad, ante la mirada de todos y su letanía muda: “Pobre, qué agobiada está, ni para ir al baño se levanta”. Y mientras camino pienso en cómo me voy a meter los dedos “por relajarme de lo agobiada que estoy”. Limpio, brillante, blanco inmaculado… lo saboreo pensando en qué pensaría el tío al que tenga entre las piernas. Hace tiempo que no me comen, ¿tendré el mismo sabor?

Cuando llego a casa me doy una buena ducha… Tengo un protocolo especial, un convenio con el baño: me desnudo, hago pis, huelo mis bragas, pongo el agua caliente a correr, me ducho y lavo minuciosamente, salgo, me seco, me echo crema en los brazos, codos, pecho y hombros, ‘espolvoreo’ colonia de niños por mi cuerpo –sobre todo, una buena dosis recae sobre los glúteos y la cara opuesta de la rodilla–, me echo protector capilar antes de cepillar mi pelo, huelo mi cuerpo, acaricio mi sexo fresco… me aspiro.

Acabo de llegar a casa. Estoy sin ropa interior frente al ordenador. Me estoy tocando mientras pienso en cómo no estoy escribiendo. Siempre soy minuciosa haciendo informes y quiero dejarme llevar en este rincón, abandonar la literatura y lo hermoso de la expresión… quiero ser consciente de mis pasiones y vicios. Me sigo tocando… en lugar de bocanada de humo, bocanada de mi sexo. En lugar de chupar la boquilla de un cigarro, chupo mi dedo. Estoy dejando el teclado impregnado de mí…
Me gusta el sexo, me gusta el mío y su sabor. Esta es la primera huella que dejo en este espacio, la mía mojada en mí.

© Fotos de Titania Aelita